Mary Barton

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—No, ya se había ido cuando llegué —respondió Margaret—, y ella estaba igual que todos estos días. Habló un poco, aunque no mucho, pero eso es habitual porque a la señora Wilson le gusta llevar el peso de la conversación. Se puso en pie para ir al otro lado de la habitación y oí que arrastraba la pierna y se caía al suelo. Luego llegó corriendo la señora Wilson y se puso a chillar. Me quedé con Alice mientras ella iba a buscar al médico, pero creo que no podía hablar ni responderme por más que lo intentaba.

—¿Dónde estaba Jem? ¿Por qué no fue él a buscar al médico?

—Había salido cuando llegué y no volvió en todo el rato que estuve en la casa.

—¿No habrás dejado sola a la señora Wilson con la pobre Alice? —le preguntó atropelladamente Job.

—No, no —respondió Margaret—. Pero, ¡oh, abuelo!, ahora me doy cuenta de la desgracia que es haber perdido la vista. Me habría gustado tanto cuidarla; y lo hice hasta que comprendí que le hacía más mal que bien. ¡Oh, abuelo!, ojalá pudiese ver. —Sollozó un poco, y ellos le dejaron que aliviara así su corazón. Luego prosiguió—: ¡No!, fui a buscar a la señora Davenport, y la encontré muy ocupada, pero en cuanto le conté lo que ocurría se ofreció a ir a casa de Jane Wilson y quedarse toda la noche con Alice.

—¿Y qué ha dicho el médico?


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