Mary Barton
Mary Barton Le dijeron que Alice seguía igual o, en todo caso, había mejorado un poco, pues ahora podía hablar, aunque penosamente y con lengua de trapo. ¿Quería verla Mary?
Pues claro. Mucha gente se interesa por ver a sus amigos bajo el nuevo aspecto de la enfermedad, y entre los pobres no hay temor, daño ni emoción que coarten ese deseo.
Así que Mary subió a la habitación, acompañada por la señora Davenport, que iba secándose el jabón en el delantal y hablaba con un ruidoso susurro mucho más audible que su voz normal.
—Tengo que irme a casa, pero volveré esta noche a planchar su gorro de dormir; sería un pecado y una vergüenza que la dejásemos ir sucia ahora que ha enfermado, ella que ha sido tan pulcra y atildada toda su vida. Pero ¡está muy mal, pobrecita! No te conocerá, Mary; no nos conoce a ninguno.