Mary Barton
Mary Barton En la habitación de arriba había dos camas, una más majestuosa que la otra con sus cuatro postes y sus cortinas a cuadros: en ella habían dormido los gemelos el tiempo que duró su corta vida. La pequeña había sido de Alice desde que se mudara a vivir a la casa, pero desde que sufriese el ataque de parálisis la noche anterior la habían instalado con la consideración natural por una persona enferma y dolorida en la cama mayor y Jane Wilson había descansado a duras penas en el camastro.
Margaret se levantó para saludar a su amiga, a quien estaba esperando y cuyos pasos reconoció enseguida. La señora Davenport volvió con su colada.
Las dos jóvenes no dijeron nada: la presencia de Alice las redujo al silencio. Ahí estaba con el arrebol que sus mejillas no habían conocido desde la infancia, instalado en ellas por la enfermedad y la proximidad de la muerte. Yacía sobre el costado afectado y movía el otro brazo no exactamente con inquietud sino de un modo incesante y monótono, muy doloroso para quienes la observaban. Hablaba sin parar en un tono bajo e indistinguible. Pero su rostro y su perfil parecían tranquilos y sonrientes, e incluso interesados por las ideas que pasaban por su nublada imaginación.
—¡Escucha! —dijo Margaret, inclinando la cabeza para oír con más claridad lo que murmuraba.