Mary Barton

Mary Barton

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—¿Qué dirá mamá? Las abejas vuelven a la colmena y todavía nos queda un largo camino. ¡Mira! Hay un nido de pardillo en esas aulagas. La hembra está dentro. Mira sus ojillos brillantes y qué quieta está. ¡Sí! Hay que darse prisa. ¡Mamá se alegrará mucho con el brezo que le llevamos! Date prisa, Sally, a lo mejor hay berberechos para cenar. Vi el burro del vendedor que venía de Arnside, camino de nuestra casa.

Margaret rozó la mano de Mary y se dio cuenta por cómo se la estrechó de que las dos habían comprendido que con aquella enfermedad Dios había bendecido a la pobre y fatigada anciana: se hallaba otra vez en los lugares de su infancia, luminosos e intactos, como en aquellos días lejanos; una vez más con su hermana, la compañera de juegos de hacía cincuenta años, que yacía desde hacía casi el mismo tiempo en una herbosa tumba del pequeño cementerio que hay más allá de Burton.

El rostro de Alice cambió; pareció apenada, casi penitente.

—¡Oh, Sally! Ojalá se lo hubiésemos dicho. Cree que hemos estado toda la mañana en la iglesia, la hemos engañado. Tendríamos que habérselo dicho, lo bien que olían los espinos cuando estábamos en el último banco de la iglesia junto a la puerta y cómo entró volando la primera mariposa que hemos visto esta primavera. Ojalá se lo hubiésemos dicho. En cuanto la veamos le diré: «Mamá, el domingo fuimos malas».


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