Mary Barton
Mary Barton Anhelaba la paz de la habitación de Alice. Se acabó el pensar embelesada en su ansiado encuentro con Jem: estaba demasiado impresionada; pero, al mismo tiempo, echaba de menos la paz y la tranquilidad, las visiones de sosiego y belleza y el pasado inocente que le inspiraba la pobre anciana; deseaba estar tan cerca de la muerte como ella y haber pasado ya por este mundo, cuyos sufrimientos había conocido tan pronto, y cuyos crímenes ahora parecían agobiarla. Acudieron a su memoria viejos textos de la Biblia que le leía (o más bien deletreaba) su madre en la infancia: «Allí cesa el tumulto de los malvados, allí reposan los exhaustos[79]», «Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos[80]» y otros. ¡Aquél era el mundo al que se dirigía Alice! ¡Quién estuviera en su lugar!