Mary Barton

Mary Barton

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Pero Mary no oyó ni reparó en nada. Se marchó dando tumbos como una sonámbula. Con la cabeza gacha y el paso vacilante, eligió instintivamente el camino más corto a la casa que, en su presente estado de ánimo, era para ella solo un escondrijo entre cuatro paredes donde dar rienda suelta a su aflicción sin que la viese el mundo exterior, pero donde nadie le daría la bienvenida, ni la trataría con cariño, ni vertería por ella lágrimas de compasión.

Cerca ya de la casa, a menos de dos minutos, un leve roce en el brazo interrumpió su impetuoso andar, se volvió y vio a un niñito italiano con una cajita en la que llevaba un ratoncito blanco o algo parecido. La luz rojiza del sol poniente iluminaba su cara: de no ser así, su piel cetrina le habría parecido mucho más pálida; las lágrimas humedecían sus largas pestañas rizadas. Con voz suave y una mirada implorante pronunció en inglés macarrónico estas palabras:

—¡Hambre! ¡Mucha hambre!

Y, como para subrayar con un gesto el efecto de estas dos palabras, se llevó la mano a los temblorosos y blanquecinos labios.

Mary le respondió con impaciencia:

—¡Oh, muchacho, el hambre no es nada…! ¡Nada!


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