Mary Barton
Mary Barton Y pasó rápidamente de largo. Pero al minuto su corazón se lo recriminó y entró en casa rápidamente, cogió la poca comida que quedaba en el armarito y volvió sobre sus pasos hasta el lugar donde el niño desconocido se había desplomado, famélico, con su mudo compañero, y llamaba entre lágrimas en una lengua extranjera a una lejana «¡Mamma mia!».
Con la agilidad de la niñez, se puso en pie al ver la comida que le llevaba aquella chica cuyo rostro, encantador a pesar de su tristeza, le había animado a dirigirse a ella; y, con la elegante cortesía de su país, la miró y sonrió mientras le besaba la mano, y luego le dio las gracias y compartió su botín con su mascota. Mary se quedó a su lado un instante, olvidando su pesar al ver aquella alegría infantil; luego se agachó para besarle la suave frente y regresó en busca de su propia y solitaria agonía.
Volvió a entrar en la casa, cerró la puerta y se arrancó el gorro de la cabeza, como si no quisiera desperdiciar ni un solo instante para sumirse en su pena y desesperación.
Luego se tumbó en el suelo —sí, sobre las duras losas—, se le cayó el pasador del pelo y su cabello barrió el suelo polvoriento, mientras se tapaba la cara con los brazos y estallaba en sonoros sollozos.