Mary Barton
Mary Barton —Pues sà —dijo el señor Bridgenorth dejando la pluma—, lo he visto, aunque me temo que no he sacado nada. Es muy testarudo, mucho. Como es lógico, le he explicado que debÃa ser totalmente franco conmigo o de lo contrario no podrÃa proteger sus puntos débiles. He sacado a relucir su nombre para ganarme su confianza, pero…
—¿Qué es lo que ha dicho? —preguntó Job, sin aliento.
—Pues muy poco. Apenas me ha contestado. De hecho, se ha negado a responder a algunas preguntas… Se ha negado en redondo. No sé cómo voy a poder a ayudarle.
—¿Entonces lo cree usted culpable?
—No —replicó en todo decidido el señor Bridgenorth—. Mucho menos que antes de verlo. La impresión (y fÃjese que es solo una impresión, no un hecho) que me ha dado es que sabe algo, pero no quiere decirlo; y, si insiste en su obcecación, probablemente acaben ahorcándolo. No hay mucho más que decir.
Empezó a escribir otra vez, pues no tenÃa tiempo que perder.
—Pero ¡no pueden ahorcarle! —exclamó con vehemencia Job. El señor Bridgenorth alzó la mirada, sonrió levemente y movió la cabeza—. ¿Qué le ha dicho exactamente, señor?, si no le molesta que le pregunte —insistió Job.