Mary Barton
Mary Barton No se había resistido al viejo barquero cuando la cogió del brazo para que la acompañara, ni cuando se abrió paso por las populosas calles del puerto y se internó por extraños callejones. Lo siguió tímidamente, casi sin pensar adónde iban, y alegrándose en su estupor (de manera casi inconsciente) de que alguien tomara las decisiones por ella.
La condujo a una casa vieja y diminuta, construida mucho antes que la otra parte de la calle, y que tenía cierto aire campestre en medio de aquel bullicioso callejón. Tiró de ella hasta el portal y, vencido hasta cierto punto su temor de perderla por el camino, exclamó:
—¡Ya hemos llegado! —Y le dio una palmada en el trasero.
El cuarto era muy luminoso y sacó a Mary de su ensimismamiento (tal vez la palmada en el trasero también ayudara un poco): comprendió lo difícil que iba a ser explicar su presencia a la anciana que había visto atareada junto al fuego. El barquero no se dignó dar explicación alguna y se sentó a mascar tabaco en su sillón sin decir palabra mientras miraba a Mary muy contento con un aire entre triunfal —como si fuese su cautiva después del combate— y desafiante, casi retándola a huir.