Mary Barton

Mary Barton

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La anciana, su mujer, esperaba, con el atizador en la mano, a que le dijeran quién era aquella desconocida que su marido había llevado a casa con tan pocas ceremonias; pero, mientras la miraba perpleja, la joven se sonrojó y luego se puso más pálida que la pared; un velo cubrió sus ojos y, apoyándose en una cómoda que había en el caldeado cuartito, se desplomó en el suelo.

Tanto el barquero como su mujer corrieron en su auxilio. La levantaron, todavía inconsciente, y él la sostuvo sobre una rodilla mientras la anciana iba en busca de un poco de agua fresca. Se la echó encima pero, aunque Mary soltó un gran sollozo, sus ojos siguieron cerrados y su rostro continuó blanco como la cera.

—¿Quién es, Ben? —preguntó mientras le frotaba las manos inertes.

—¿Y cómo quieres que lo sepa? —respondió gruñendo su marido.

—Bueno, bueno —dijo en tono tranquilizador, como si calmara a un niño inquieto, y casi como si hablara consigo misma—, pensé que, como la habías traído a casa, tal vez lo sabrías. ¡Pobrecilla!, no hay que hacerse tantas preguntas. Está claro que necesita ayuda. Ojalá tuviese mis sales en casa, pero se las presté a la señora Burton el domingo pasado en la iglesia al ver que se quedaba dormida durante el sermón. ¡Dios mío, qué pálida está!

—¡Vamos! Sujétala tú —dijo el marido.


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