Mary Barton

Mary Barton

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La mujer hizo lo que le pedía, sin dejar de musitar para sus adentros y sin prestar atención a sus reproches; lo cierto era que para ella estas palabras enojadas eran perlas y diamantes, pues seguía siendo el marido de su juventud; y también él, por muy rudo y tosco que fuese, encontraba secreto consuelo en la voz de su mujer, aunque por nada en el mundo habría reconocido el amor que ocultaba debajo de su tosca superficie.

«¿Qué está haciendo este viejo gruñón? —se decía la anciana inclinándose sobre Mary para que pudiera apoyar mejor la cabeza—. Ha cogido mi pluma. ¡Dios nos guarde! ¡La está quemando! Sí, ahora lo entiendo, sigue teniendo una buena cabeza; las plumas quemadas van muy bien para los desmayos. Pero no se despierta, ¡pobre chica! ¿Qué va a hacer ahora? ¡Vaya, qué listo es mi marido!». Esto último lo añadió al verlo sacar de un armarito una botella cuadrada de licor de contrabando con una etiqueta que decía Golden Wasser[104].

—¡Sí, esto servirá! —dijo al ver que la dosis que le había echado a Mary en la boca abierta la hacía toser—. ¡Dios te bendiga por ser tan listo y considerado!

—¡Nada de eso! —replicó él, aliviado al ver que Mary recobraba el color y abría los ojos con una mirada entre juiciosa y sorprendida—. ¡Nada de eso! No había sido tan idiota en toda mi vida.


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