Mary Barton
Mary Barton Toda la noche estuvo Jem yendo de un lado a otro en la diminuta casa de Ben Sturgis. En el cuartito donde la señora Sturgis cuidaba a Mary y lloraba por la violencia de su enfermedad, oía sus delirios; y cada frase tenía un sentido inteligible solo para él, hasta que las palabras alcanzaron la cima brutal de una agonía que nadie podía aliviar, y Jem, incapaz de soportarlo más, bajó sin hacer ruido, afligido y asqueado, al cuarto donde Ben Sturgis dormía en un sillón en lugar de en su cama, pensando que así estaría preparado para ayudar, por ejemplo, si había que volver a llamar al médico.
Antes de que despuntara el día, Jem (totalmente despierto e irreprimiblemente atento por dolorosas que fuesen las consecuencias) oyó llamar suavemente a la puerta: no era asunto suyo ir a abrir, pero Ben estaba dormido y decidió averiguar quién iba a visitarlos tan temprano, y asegurarse de si valía la pena molestar o no a sus anfitriones. Era Job Legh, iluminado por la luz de la calle.
—¿Cómo se encuentra? ¡Eh! ¡Pobrecita! ¿Es ella? ¡No hace falta preguntarlo! ¡Qué rara suena su voz! ¡Esos chillidos! ¡Con lo dulce que es su voz cuando está bien! Tienes que animarte, muchacho, y no parecer tan desdichado.