Mary Barton
Mary Barton —SÃ, mi amor; de nada sirve ocultarlo… si te refieres a eso. Ya no trabajo en la fundición de Duncombe. No es momento de andarnos con secretos, aunque ayer no te lo dije por miedo a preocuparte. No te preocupes, pronto volveré a encontrar trabajo.
—Pero ¿por qué te han despedido si el jurado dictaminó que eras inocente?
—No es exactamente que me hayan despedido, aunque no creo que hubiese podido quedarme. Muchos empleados dieron a entender que no querÃan volver a trabajar a mis órdenes; habÃa unos cuantos que me conocÃan lo bastante para saber que yo no podÃa haber hecho algo asÃ, pero los que dudaban eran mayorÃa; y uno fue a hablar con el joven señor Duncombe para explicarle lo que ocurrÃa.
—¡Ay, Jem, qué vergüenza! —exclamó Mary, triste e indignada.
—¡No, mi vida! No les culpo. La gente asà no tiene otra cosa en la que basarse y de la que enorgullecerse que su honradez, y me parece bien que la protejan y procuren apartarse de quien está marcado.
—Pero tú… ¿qué pueden conseguir de ti que no sea bueno? A estas alturas ya tendrÃan que conocerte.