Mary Barton
Mary Barton —Sin duda, América está muy lejos, mucho más que Londres, según tengo entendido, y además en el extranjero; pero desde que fueron tan idiotas de meter a un chico tan bueno como tú en la cárcel he dejado de tener una opinión positiva de Inglaterra. Iré a donde tú vayas. Puede que en el paÃs de los indios sepan apreciar a un buen chico al verlo; no se hable más, muchacho, iré con vosotros.
El camino estaba más allanado cada dÃa, el presente parecÃa factible y despejado, y el futuro se presentaba lleno de esperanzas; asà que tuvieron la suficiente paz de espÃritu para reconsiderar el pasado.
—¡Jem! —le dijo Mary una tarde que estaban charlando en voz baja a la luz del crepúsculo mientras esperaban a que llegara Margaret, que iba a ir a pasar la noche con Mary—. Jem, no me has contado cómo te enteraste de mis devaneos con el pobre señor Carson.
Se ruborizó avergonzada al recordar su locura y hundió la cabeza en el hombro de Jem mientras él le respondÃa:
—Mi vida, no sé si decÃrtelo; me lo contó tu tÃa Esther.
—¡Ah, lo recuerdo! Pero ¿cómo se enteró ella? Esa noche estaba tan alterada que no se me ocurrió preguntárselo. ¿Dónde la viste? He olvidado su dirección.