Norte y sur
Norte y sur Una tarde que el señor Hale no estaba en casa, su madre empezó a hablarle de su hermano Frederick, precisamente el tema sobre el que Margaret había querido preguntarle tantas veces, y casi el único en el que su timidez era superior a su franqueza natural. Cuanto más deseaba saber del tema, menos probable era que hablara de él.
—¡Qué viento tan fuerte hizo anoche, Margaret! ¡Entraba bramando por la chimenea de nuestro cuarto! No pude dormir. Nunca puedo dormir cuando hace tanto viento. Empezó a pasarme cuando el pobre Frederick estaba en el mar; y ahora, aunque no me despierte de inmediato, sueño que está en algún mar tempestuoso con enormes muros de olas verde claro a ambos lados del barco, pero mucho más altos que los mástiles más altos, y que se encrespan sobre él con esa cruel y espantosa espuma blanca, igual que una serpiente copetuda gigante. Es un viejo sueño, que se repite siempre las noches ventosas hasta que resulta un alivio despertar y me quedo sentada en la cama rígida y aterrada de miedo. ¡Pobre Frederick! Ahora está en tierra y el viento no puede hacerle ningún daño. Aunque anoche creí que derribaría una de esas chimeneas altas.
—¿Dónde está ahora Frederick, mamá? Sé que le enviamos las cartas a la atención de los señores Barbour de Cádiz; pero ¿dónde está él?