Norte y sur
Norte y sur Margaret siempre había llevado a Helstone para las vacaciones una caja grande llena de libros recomendados por los profesores o la institutriz, y los días estivales se le hacían demasiado cortos para acabar las lecturas antes de regresar a la ciudad. Ahora sólo había allí libros de la colección de clásicos ingleses bien encuadernados y poco leídos, que habían sacado de la biblioteca de su padre para llenar la pequeña librería de la sala. Las estaciones de Thompson, el Cowper de Hayley y el Cicerón de Middleton eran con mucho los más ligeros, nuevos y entretenidos. Los estantes no aportaban muchos recursos. Margaret explicó a su madre con todo lujo de detalles su vida londinense, por la que la señora Hale demostró sumo interés haciendo preguntas, unas veces divertida y otras con cierta tendencia a comparar las circunstancias de desahogo y comodidad de su hermana con los medios más limitados de la vicaría de Helstone. En esas veladas, Margaret guardaba silencio de pronto y se quedaba escuchando el goteo de la lluvia en el emplomado del mirador. Más de una vez se sorprendió contando maquinalmente la repetición de aquel monótono sonido mientras pensaba si se atrevería a preguntar sobre un tema muy caro a su corazón: dónde estaba ahora Frederick, qué hacía, cuándo habían recibido noticias suyas por última vez. Pero la idea de que la delicada salud de su madre y su evidente aversión a Helstone databan ambas de la época del motín en que había participado Frederick —cuya historia Margaret no había oído nunca completa y que ahora parecía tristemente condenada al olvido—, la obligaba a detenerse y dejarlo. Cuando estaba con su madre, su padre le parecía la persona más idónea a quien pedir información; y cuando estaba con él, pensaba que le resultaría más fácil hablar con su madre. Seguramente no hubiera mucho nuevo que contar. En una de las cartas que había recibido antes de marcharse de Harley Street, su padre le decía que habían tenido noticias de Frederick: seguía en Río, estaba muy bien de salud y le enviaba todo su cariño. Eso era lo esencial, pero no los detalles que ella quería saber. En las raras ocasiones en que mencionaban su nombre, siempre se referían a él como «el pobre Frederick». Conservaban su habitación tal como la había dejado. Dixon, la doncella de la señora Hale, la limpiaba y la ordenaba regularmente, aunque ella no se encargaba de ninguna otra tarea doméstica y siempre recordaba el día en que lady Beresford la había contratado como doncella de las pupilas de sir John, las lindas señoritas Beresford, las beldades del condado de Rutland. Dixon siempre había considerado al señor Hale como una plaga que se había abatido sobre las perspectivas vitales de su señorita. Si la señorita Beresford no se hubiera precipitado tanto casándose con un pobre clérigo rural, nadie sabía lo que podría haber llegado a ser. Pero Dixon era demasiado leal para abandonarla en su desgracia y perdición (es decir, su vida de casada). Se quedó con ella y se consagró a sus intereses, considerándose siempre el hada buena y protectora, cuyo deber era confundir al gigante malvado, el señor Hale. El señorito Frederick había sido su orgullo y su preferido. Todas las semanas se dedicaba a ordenar su habitación, y su actitud y su aspecto se suavizaban un poco, como si él fuera a llegar a casa aquella misma tarde.