Norte y sur
Norte y sur Margaret no dejaba de pensar que habían recibido alguna noticia de Frederick que su madre ignoraba y que ésa era la razón de la inquietud y preocupación de su padre. Parecía que la señora Hale no advertía ningún cambio en el aspecto y el comportamiento de su esposo. Él siempre había sido sensible y afable y le afectaba todo lo relacionado con el bienestar de los demás. Podía pasarse muchos días deprimido después de asistir a un enfermo en el lecho de muerte o enterarse de algún delito. Pero Margaret notaba ahora en él una falta de atención, como si le preocupara alguna otra cosa, cuyo agobio no se podía aliviar con actividades cotidianas como consolar a los familiares de la persona fallecida o dar clases en la escuela con la esperanza de atenuar los males de la siguiente generación. El señor Hale ya no visitaba tanto a sus feligreses, pasaba más tiempo encerrado en su estudio y estaba pendiente del cartero del pueblo, cuya llamada era un golpe en el postigo de la cocina, que en tiempos tenía que repetir hasta que alguien reparaba en la hora del día, se daba cuenta de lo que era y acudía a atenderle. Pero ahora el señor Hale esperaba al cartero paseando por el jardín si hacía buen día y si no, en el estudio, de pie junto a la ventana con expresión absorta, hasta que llamaba o seguía su camino, tras saludar con un cabeceo entre respetuoso y confidencial al párroco, que se quedaba mirándolo hasta que pasaba el seto de eglantina y el gran madroño. Luego se apartaba de la ventana e iniciaba el trabajo del día, manifestando todos los indicios de abatimiento y preocupación.