Norte y sur
Norte y sur Pero Margaret tenía esa edad en que cualquier aprensión que no se base plenamente en el conocimiento claro de los hechos se olvida fácilmente con un día de sol o cualquier circunstancia exterior agradable. Y cuando llegaron los luminosos días de octubre, todos sus cuidados desaparecieron como vilanos de cardo arrastrados por el viento, y sólo pensaba en los esplendores del bosque. Ya habían recogido la cosecha de helechos; y como habían pasado las lluvias, eran accesibles muchas hondonadas que sólo había podido atisbar durante julio y agosto. Había aprendido a dibujar con Edith; y había lamentado tanto durante la oscuridad del mal tiempo la ociosa y placentera contemplación de la belleza del bosque mientras aún hacía buen tiempo, que decidió bosquejar lo que pudiera antes de que empezara de verdad el invierno. Y una mañana estaba ocupada preparando el tablero, cuando la sirvienta Sara abrió de par en par la puerta de la sala y anunció:
—El señor Henry Lennox.