Norte y sur
Norte y sur El empezó a mirar alrededor a su modo escrutador en cuanto ella salió de la estancia. El sol matinal inundaba la salita y le daba un aspecto inmejorable. Estaba abierta la puerta vidriera central del mirador y la madreselva y los rosales trepadores asomaban por la esquina. La pequeña extensión de césped estaba preciosa con verbenas y geranios de vivos colores. Pero la misma luminosidad exterior hacía que los colores del interior parecieran tenues y desvaídos. Sin duda la alfombra había visto tiempos mejores y la zaraza de las cortinas y las fundas tenía muchos lavados. Todo el aposento era más pequeño y raído de lo que él había esperado como fondo y marco de Margaret, tan majestuosa ella. Había varios libros sobre la mesa. Alzó uno: era el Paradiso de Dante, con la adecuada encuadernación antigua de vitela blanca y dorada; al lado había un diccionario y algunas palabras escritas por Margaret. Sólo era una lista aburrida de palabras, pero aun así le agradaba mirarlas. Los dejó con un suspiro.
«Resulta evidente que el beneficio es tan pequeño como me dijo. Parece extraño, pues los Beresford pertenecen a una buena familia».