Norte y sur

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Margaret leyó con voz dulce y delicada. Bessy escuchaba con los ojos cerrados, pero prestó atención durante un rato, porque la humedad de las lágrimas se concentró densa en sus pestañas. Al fin, se quedó dormida; con muchos sobresaltos y súplicas susurrantes. Margaret la arropó y se marchó, pues le preocupaba que la necesitaran en casa, aunque hasta aquel momento le había parecido cruel dejar a aquella muchacha moribunda.

La señora Hale estaba en la sala cuando regresó su hija. Era uno de los días que mejor se encontraba y se deshizo en alabanzas sobre el colchón de agua. Se parecía más a los de la casa de sir John Beresford que ningún otro en el que hubiera dormido desde entonces. No lo entendía, pero parecía que se hubiera perdido el arte de hacer colchones como los que hacían cuando ella era joven. Se diría que era bastante fácil; había el mismo tipo de plumas y, sin embargo, hasta la noche pasada no recordaba haber tenido un sueño profundo y reparador.

El señor Hale indicó que algunas virtudes de los colchones de plumas antiguos podrían atribuirse a la actividad de la juventud, que hacía placentero el reposo; pero su esposa no aceptó de buen grado la idea.


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