Norte y sur
Norte y sur —Bueno, Margaret, no te ofendas, pero era mucho más guapo que tú. Recuerdo que cuando te vi por primera vez en brazos de Dixon, dije: «¡Santo cielo, qué feÃta es!». Y ella dijo: «¡Todos los niños no se parecen al señorito Fred, bendito sea!». ¡Santo cielo, qué bien lo recuerdo! Entonces podÃa tener a Fred en brazos todo el dÃa, y su cunita estaba junto a mi cama; y ahora, ahora… Margaret, no sé dónde está mi hijo y a veces creo que no volveré a verlo.
Margaret se sentó en un escabel junto al sofá de su madre. Le tomó la mano con suavidad, acariciándosela y besándosela para consolarla. La señora Hale dio rienda suelta a su aflicción y se echó a llorar. Al final, se incorporó, se irguió en el sofá y se volvió hacia su hija diciendo con sinceridad lacrimosa y casi solemne:
—Margaret, si pudiese mejorar, si Dios me concediese una oportunidad de recuperación, tendrÃa que ser viendo a mi hijo una vez más. Eso despertarÃa las escasas fuentes de salud que me quedan.
Hizo una pausa, como si intentara reunir fuerzas para añadir algo. Se le quebró la voz al proseguir, temblorosa como si considerara alguna idea extraña pero muy presente.