Norte y sur

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—Y si he de morir, Margaret, si soy una de las personas señaladas para morir antes de que pasen muchas semanas, tengo que ver primero a mi hijo. No se me ocurre cómo puede organizarse; pero te encomiendo, Margaret, por el consuelo que tú misma esperas en las últimas horas, que me lo traigas para que pueda darle mi bendición. Sólo cinco minutos, Margaret No puede haber peligro en cinco minutos. ¡Oh, Margaret, haz que pueda verlo antes de morir!

Margaret no vio nada irracional en las palabras de su madre, no buscamos razón ni lógica en las súplicas apasionadas de los enfermos graves. Nos remuerde el recuerdo de las mil oportunidades perdidas de satisfacer los deseos de quienes se irán pronto de nuestro lado; si nos pidieran la futura felicidad de nuestra vida, la pondríamos a sus pies y renunciaríamos a ella. Pero aquel deseo de la señora Hale era tan natural, tan justo, tan bueno para ambas partes, que Margaret creyó que tanto por Frederick como por su madre tenía que olvidar todas las probabilidades de peligro y comprometerse a hacer cuanto estuviera en su mano para satisfacerlo. Su madre la miraba fijamente con aquellos ojos grandes, suplicantes y dilatados, y le temblaban los labios pálidos como si fuera una niña pequeña. Margaret se levantó despacio y se quedó frente a su madre, para que pudiera deducir de la firmeza serena del rostro de su hija que cumpliría su deseo.


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