Norte y sur
Norte y sur —Es la pura verdad. Y él lo sabe muy bien. Lo ha dicho muchas veces. HarÃa lo que fuera por mÃ. No pienses que me negarÃa este último deseo, plegaria, si quieres. Y en realidad, Margaret, el deseo de ver a Frederick se interpone entre Dios y yo. No puedo rezar hasta que lo consiga; de verdad que no puedo. No pierdas el tiempo, hija, por favor te lo pido. Escribe para que la carta salga en el próximo correo. Asà podrÃa estar aquÃ, llegar en veintidós dÃas. Seguro que vendrá. Ni sogas ni cadenas pueden impedÃrselo. Dentro de veintidós dÃas veré a mi hijo.
Se recostó, y, durante un rato, no se dio cuenta de que Margaret seguÃa sentada sin moverse, con una mano sobre los ojos.
—¡No estás escribiendo! —exclamó al fin su madre—. Tráeme papel y unas plumas, escribiré yo misma.
Se incorporó temblando de pies a cabeza con impaciencia febril.
Margaret bajó la mano y miró con tristeza a su madre.
—Espera a que llegue papá. Le preguntaremos cuál es la mejor forma de hacerlo.
—Me lo has prometido, Margaret, no hace ni un cuarto de hora; me dijiste que vendrÃa.