Norte y sur
Norte y sur Se dio la vuelta y se quedó de pie con la cabeza apoyada en la repisa de la chimenea, intentando contener las lágrimas que llenaban sus ojos varoniles. Ella se levantó tambaleante. Aquella mujer fuerte se tambaleó por primera vez en su vida. Le posó las manos en los hombros; era una mujer alta. Lo miró a la cara: le obligó a mirarla.
—El amor materno es un don divino, John. Es firme y perdurable. El amor de una chica es como una bocanada de humo, cambia con el viento. No te ha aceptado, ¿verdad? —Apretó los dientes; enseñó toda la dentadura, como un perro. Él contestó con un cabeceo.
—No soy apropiado para ella, madre; yo ya lo sabía.
Ella masculló algo con los dientes apretados. Él no la oyó. Pero dedujo por su mirada que era una maldición, aunque no tan burdamente expresada como para surtir efecto como siempre que se pronunciaba. Y sin embargo el corazón de ella saltó alegre al saber que él volvía a ser suyo.
—¡Madre! —se apresuró a exclamar él—. No quiero oír ni una palabra contra ella. ¡Por favor, madre! Estoy muy débil y muy afligido. Todavía la amo; la amo más que nunca.