Norte y sur
Norte y sur ¿Lo recordaba? ¿No recordaba todas las huellas del tiempo del viejo muro de piedra, de los líquenes pardos y amarillos que lo marcaban como un mapa, los picos de grulla que crecían en las grietas? Los acontecimientos de los dos últimos días la habían afectado; precisamente ahora toda su vida era una tensión sobre su fortaleza; y, de algún modo, aquellas despreocupadas palabras de su padre, al mencionar el recuerdo de los luminosos tiempos pasados, la impulsó a levantarse de pronto. Dejó caer la labor al suelo, salió corriendo de la habitación y se recluyó en su cuarto. Apenas había soltado el primer sollozo entrecortado cuando se dio cuenta de que Dixon estaba junto a su cómoda buscando algo.
—¡Válgame Dios, señorita! ¡Qué susto me ha dado! ¿No estará peor la señora, verdad? ¿Qué es lo que pasa?
—Nada, nada, Dixon. Es que soy tonta y quiero un vaso de agua. ¿Qué estás buscando? En ese cajón tengo las muselinas.
Dixon siguió hurgando sin contestar. La fragancia del espliego llenó toda la habitación.
Dixon encontró al fin lo que buscaba. Margaret no podía ver lo que era. Dixon se volvió y le dijo:
—Bueno, no quería decirle lo que buscaba porque ya tiene bastante con lo que está pasando y sé que va a disgustarse. Pensaba decírselo esta noche o en un momento parecido.