Norte y sur

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—No existe en todo el ancho mundo presión que me obligue a aceptarlo a mí —dijo Nicholas Higgins—. Ahora lo ha captado. Ha dado en el blanco. En la fábrica de Hamper, que es donde trabajaba yo, obligan a sus hombres a comprometerse a no dar un penique al sindicato ni a los huelguistas para que no pasen hambre. Pueden prometer y hacer prometer —prosiguió despectivamente—, eso sólo crea mentirosos e hipócritas. Y es un pecado menor, a mi entender, endurecer tanto los corazones de los hombres que no hagan ningún favor al que lo necesite ni ayuden en la causa justa aunque vaya contra la fuerza mayor. Pero yo no juraría en falso nunca ni por todo el trabajo que pudiera darme el rey. Pertenezco al sindicato; y creo que es lo único que beneficia al trabajador. Y he sido huelguista, y sé lo que es pasar hambre; así que si consigo un chelín, seis peniques serán para ellos si me los piden. Por consiguiente, no sé dónde voy a conseguir un chelín.

—¿Y esa norma de no cotizar al sindicato rige en todas las fábricas? —preguntó Margaret.

—No lo sé. Es una norma nueva en la nuestra; y creo que descubrirán que no pueden ceñirse a ella. Pero ahora está vigente. Ya comprobarán que los tiranos crean mentirosos.


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