Norte y sur
Norte y sur La mañana del señor Thornton no fue tan satisfactoria como la de su madre. Al fin y al cabo, ella estaba cumpliendo todo lo que se había propuesto. Él trataba de determinar en qué situación se encontraba; el daño que le había causado la huelga. Buena parte de su capital estaba bloqueado en maquinaria nueva y costosa; y también había comprado algodón en abundancia con vistas a algunos pedidos importantes que tenía entre manos. La huelga había retrasado muchísimo la terminación de aquellos encargos. Incluso con el experto personal habitual había tenido bastantes dificultades para cumplir sus compromisos; pero ahora, la incompetencia de los irlandeses, a quienes habían tenido que enseñar su trabajo en un momento que requería extraordinaria actividad, constituía un fastidio diario.
No era un momento propicio para que Higgins hiciera su petición. Pero le había prometido a Margaret que lo haría a toda costa. Así que, aunque su disgusto, su orgullo y su mal humor aumentaban por segundos, siguió junto al muro hora tras hora, apoyado primero en una pierna y luego en la otra. Al final, alzaron bruscamente el picaporte y salió el señor Thornton.
—Necesito hablar con usted, señor.
—Ahora no puedo, amigo. Se me ha hecho muy tarde.
—Bueno, señor, creo que puedo esperar hasta que vuelva.