Norte y sur
Norte y sur El señor Thornton estaba en mitad de la calle. Higgins suspiró. Pero era inútil. Abordar «al patrono» en la calle era la única oportunidad que tendría de hablar con él. Si hubiera llamado a la caseta del guarda o incluso hubiera ido a la casa a preguntar por él, le habrían mandado al capataz. Así que se quedó allí plantado de nuevo, sin molestarse en contestar más que con un leve cabeceo de reconocimiento a los pocos hombres que le conocían y hablaban con él cuando la multitud salió del almacén a la hora de la comida, y miró ceñudo a los esquiroles irlandeses recién importados. Al final volvió el señor Thornton.
—¡Vaya! ¿Todavía está aquí?
—Sí, señor. Tengo que hablar con usted.
—Pase, entonces. Espere, cruzaremos el almacén. Los hombres no han vuelto y lo tendremos para nosotros solos. Veo que esta buena gente está comiendo —dijo, cerrando la puerta de la caseta del portero.
Se paró a hablar con el capataz. Éste le dijo en voz baja:
—Supongo que sabe usted que ese hombre es Higgins, uno de los dirigentes del sindicato, señor. El que hizo aquel discurso en Hurtsfield.
—No, no lo sabía —dijo el señor Thornton, volviéndose a mirar al hombre que le seguía. Conocía a Higgins de nombre como individuo de carácter violento.