Norte y sur

Norte y sur

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Un día, cuando los caballeros subieron a la sala, el señor Lennox se acercó a Margaret y le dirigió casi las primeras palabras voluntarias que le había dicho desde que había vuelto a vivir a Harley Street.

—Me pareció que no le complacía lo que decía Shirley en la cena.

—¿De veras? Mi cara debía de ser muy expresiva —repuso Margaret.

—Siempre lo ha sido. No ha perdido el don de ser elocuente.

—No me gustó su forma de defender lo que sabía que es erróneo, tan manifiestamente erróneo, ni siquiera en broma.

—Pero era muy ingenioso. ¡Cómo decía cada palabra! ¿Recuerda los felices epítetos?

—Sí.

—Y los desprecio, le gustaría añadir. Por favor, no tenga reparos, aunque sea mi amigo.

—¡Vaya! Ése es exactamente el tono que emplea… —se interrumpió de pronto.

El esperó muy atento a ver si terminaba la frase; ella se ruborizó y se volvió. No obstante, antes de hacerlo, le oyó decir en voz muy baja y muy clara:

—Si es mi tono o mi forma de pensar lo que le molesta, ¿será sincera conmigo y me lo dirá, dándome así la oportunidad de aprender a complacerla?


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