Norte y sur
Norte y sur No miró a ninguna de las dos, pero Margaret entendió lo que querÃa decir: a las siete tenÃa que haberle dado ya la noticia a su madre. El señor Hale habrÃa esperado a hacerlo a las seis y media, pero Margaret no era de la misma pasta que él. Ella no podÃa aguantar aquella carga todo el dÃa, preferÃa pasar el peor trago cuanto antes. El dÃa serÃa demasiado corto para consolar a su madre. Pero mientras estaba de pie junto a la ventana, pensando cómo empezar y esperando que la sirvienta saliera de la habitación, su madre subió a arreglarse para ir a la escuela. Bajó preparada para marcharse, más animada de lo habitual.
—Mamá, ven conmigo al jardÃn esta mañana. Demos sólo una vuelta —le dijo Margaret, rodeándole la cintura con un brazo.
Pasaron por la puerta vidriera abierta. La señora Hale dijo algo. Margaret no la entendió, se fijó en una abeja que entraba en una campanilla: cuando saliera con su botÃn, empezarÃa, ésa serÃa la señal… Salió.
—¡Mamá! ¡Papá va a dejar Helstone! —dijo bruscamente—. Va a dejar la Iglesia y se irá a vivir a Milton del Norte.
Ya estaban los tres hechos innegables, apenas explicables.