Norte y sur
Norte y sur —¿Por qué dices eso, Margaret? —preguntó la señora Hale, sorprendida e incrédula—. ¿Quién te ha dicho semejante insensatez?
—Papá, él mismo —contestó Margaret, deseando añadir algo amable y consolador, pero sin saber cómo hacerlo. Llegaron al banco del jardÃn. La señora Hale se sentó y se echó a llorar.
—No te comprendo —dijo—. O has cometido un grave error o no te entiendo en absoluto.
—No, madre, no he cometido ningún error. Papá ha escrito al obispo comunicándole que tiene tales dudas que en conciencia no puede seguir siendo pastor de la Iglesia anglicana y que tiene que abandonar Helstone. Ha consultado también al señor Bell, el padrino de Frederick, ya sabes, mamá. Y se ha decidido que vayamos a vivir a Milton del Norte.
La señora Hale no apartó la mirada de la cara de su hija mientras hablaba: su tristeza le indicaba que al menos ella creÃa que era verdad lo que le estaba diciendo.
—No puedo creerle —dijo la señora Hale al fin—. Si fuese cierto me lo habrÃa dicho antes de llegar a este punto.