Norte y sur
Norte y sur Margaret estaba plenamente convencida de que su madre tendrÃa que haber sido informada de todo: fueran cuales fuesen sus quejas y lamentaciones, no estaba bien que su padre dejara que se enterase de su cambio de opinión y de su inminente cambio de vida por su propia hija, que sabÃa más que ella de todo aquello. Margaret se sentó junto a su madre, le hizo apoyar la cabeza en su pecho e inclinó sus suaves mejillas cariñosamente para acariciarle la cara.
—¡QueridÃsima mamá! Nos asustaba tanto darte un disgusto… Papá estaba tan preocupado…, sabes que no eres fuerte y habrÃas tenido que pasar por una terrible tensión.
—¿Cuándo te lo explicó a ti, Margaret?
—Ayer, mamá. Ayer mismo —repuso Margaret, detectando los celos que habÃan provocado la pregunta—. ¡Pobre papá! —añadió, tratando de desviar los pensamientos de su madre hacia la comprensión compasiva de todo lo que habÃa pasado su padre. La señora Hale levantó la cabeza.
—¿Qué quiere decir con lo de que tiene dudas? —preguntó—. Estoy segura de que no se refiere a que piensa de otro modo, que sabe más que la propia Iglesia.
Margaret movió la cabeza con los ojos llenos de lágrimas, pues su madre habÃa puesto el dedo en la llaga de su propio pesar.