Norte y sur

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Margaret se sintió indeciblemente aliviada al ver que la angustia y la aflicción de su madre se reducían a ese punto, que a ella le parecía tan insignificante, y en lo que podría ayudar mucho. Hizo planes y promesas y demostró a su madre cómo organizar todo lo que se podía hacer hasta que supieran más concretamente lo que se proponía el señor Hale. No se separó de ella en todo el día; se concentró con toda el alma en comprender los diversos cambios de sus sentimientos. Hacia el atardecer, empezó a ponerse cada vez más nerviosa pensando que su padre tenía que encontrar un hogar acogedor y tranquilizante cuando llegara tras un día de fatiga y angustia. Insistió en lo que tenía que haber sufrido en secreto durante tanto tiempo; su madre sólo respondía fríamente que debía habérselo dicho y que así al menos habría tenido alguien que le aconsejara. Se sintió desfallecer cuando oyó los pasos de su padre en el vestíbulo. No se atrevió a salir a recibirle y explicarle lo que había hecho durante todo el día por miedo al enojo celoso de su madre. Le oyó pararse, como si la esperara a ella o alguna señal de ella, y no se atrevió a moverse. Vio el temblor de labios y la palidez de su madre y supo que también ella se había dado cuenta de que había llegado su esposo. Él abrió la puerta de la habitación y se quedó allí plantado sin saber si entrar o no. Estaba triste y pálido, tenía una expresión temerosa y tímida en los ojos, algo que resulta casi lastimoso en la cara de un hombre; pero su gesto de incertidumbre y abatimiento, de languidez física y mental conmovió a su esposa, que se acercó a él y se arrojó en su pecho, gritando:


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