Norte y sur
Norte y sur —¡Oh, Richard, Richard! ¡Debías habérmelo dicho antes!
Margaret los dejó entonces y subió las escaleras llorando; se echó en la cama y ocultó la cara en los cojines para sofocar los sollozos histéricos que brotaron incontenibles al fin tras el tenso dominio de sí misma que había mantenido todo el día.
No sabía cuánto tiempo llevaba así. No oyó ningún ruido, aunque la doncella entró a ordenar la habitación. La muchacha salió de puntillas aterrada y fue a decirle a la señora Dixon que la señorita Hale estaba llorando desgarradoramente, que si seguía llorando de aquel modo se pondría malísima, seguro. A consecuencia de esto, Margaret sintió que la tocaban y se incorporó; vio la habitación habitual, y, en la penumbra, la figura de Dixon, que estaba de pie con la vela un poco retirada por miedo al efecto que pudiera causar la luz en los ojos asustados de la señorita Hale, hinchados y cegados.
—Oh, Dixon, no te he oído entrar —dijo Margaret reanudando su tembloroso autocontrol—. ¿Es muy tarde? —prosiguió, incorporándose lánguidamente y disponiéndose a salir de la cama, posando los pies en el suelo pero sin levantarse, mientras se retiraba el pelo revuelto de la cara e intentaba mostrarse como si no pasara nada, como si sólo hubiera estado durmiendo.