Norte y sur
Norte y sur —No tengo ni idea de la hora que es —contestó Dixon en tono ofendido—. He perdido la noción del tiempo desde que la señora me dio la espantosa noticia cuando la ayudaba a vestirse para la cena. Y desde luego no sé lo que va a ser de todos nosotros. Cuando Charlotte me ha dicho ahora mismo que usted estaba llorando, señorita Hale, pensé, no me extraña, pobrecita. Y mira que ocurrÃrsele ahora al señor hacerse disidente a estas alturas de la vida, cuando, aunque no pueda decirse que le haya ido bien en la Iglesia, tampoco es que le haya ido tan mal, después de todo. Tuve un primo, señorita, que se hizo predicador metodista a los cincuenta y tantos años, después de ser sastre toda la vida. Claro que él nunca habÃa sido capaz de hacer unos pantalones como Dios manda mientras se habÃa dedicado al oficio de sastre, asà que no era tan raro. ¡Pero el señor! Como le dije a la señora: «¿Qué habrÃa dicho el pobre sir John? ¡Él no querÃa que se casara con el señor Hale, pero le aseguro que si hubiera sabido que todo acabarÃa asÃ, sus juramentos hubieran sido peores que nunca, si tal cosa fuese posible!».
Dixon estaba tan acostumbrada a hacer comentarios sobre el proceder del señor Hale a su señora (que la escuchaba o no, según el humor del momento) que no advirtió la mirada fulminante y el rictus indignado de Margaret. ¡Tener que escuchar que una sirvienta le hablara de su padre asà a la cara!