Norte y sur

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—Dixon —dijo, en el tono bajo que empleaba siempre cuando estaba muy nerviosa, y en el que había un rumor de tumulto lejano o de tormenta amenazadora que se desencadenaba a lo lejos—. ¡Dixon! Olvidas con quién estás hablando.

Se irguió y se puso de pie con firmeza, encarándose con la doncella y clavando en ella su mirada fija y perspicaz.

—Soy la hija del señor Hale —añadió—. Márchate. Has cometido un error extraño, y estoy segura de que tus buenos sentimientos harán que lo lamentes cuando pienses en ello.

Dixon se demoró unos minutos en la habitación, indecisa. Margaret repitió:

—Debes marcharte, Dixon. Quiero que lo hagas.

Dixon no sabía si tomar a mal tan decididas palabras o echarse a llorar. Ambos métodos habrían surtido efecto con su señora. Pero, como se dijo a sí misma: «La señorita Margaret tiene algo del anciano caballero, igual que el pobre señorito Frederick; ¿de dónde lo sacarán?». Y ella, que se habría ofendido si alguien le hubiera dicho aquello de forma menos resuelta y altiva, se contuvo lo suficiente para decir en tono humilde y dolido:

—¿Le desabrocho el vestido y le arreglo el pelo, señorita?

—¡No, esta noche no, gracias!


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