Norte y sur
Norte y sur Margaret la hizo salir de la habitación y cerró la puerta. Dixon obedeció. A partir de entonces, admiró siempre a Margaret. Decía que era porque se parecía mucho al pobre señorito Frederick; pero lo cierto era que a ella, como a tantos otros, le gustaba que la mandara alguien de carácter fuerte y decidido.
Margaret necesitó toda la ayuda de Dixon en acción y que guardara silencio; pues, durante un tiempo, ésta consideró un deber demostrar que estaba ofendida hablando lo menos posible a su señorita; así que concentró sus energías en actuar más que en hablar. Quince días era muy poco tiempo para hacer todos los preparativos de un traslado tan importante. Como dijo Dixon: «Cualquiera menos un caballero, en realidad cualquier otro caballero…». Advirtió justo en este punto la mirada rotunda y severa de Margaret, y una tos súbita le impidió acabar la frase; aceptó dócilmente la pastilla de marrubio que le ofreció Margaret para calmar «el picor de garganta, señorita». Pero cualquiera menos el señor Hale habría tenido suficiente sentido práctico para comprender que en tan poco tiempo sería imposible encontrar una casa en Milton del Norte, y en realidad en cualquier sitio, para trasladar el mobiliario que tenían que sacar de la vicaría de Helstone.