Ruth
Ruth —¡Oh Jenny! —dijo Ruth sentándose en la cama y echando hacia atrás los mechones de pelo que le quemaban la frente—. Me ha parecido ver a mi madre junto a mi cama que, como siempre, venÃa a comprobar que yo dormÃa plácidamente, y cuando traté de sujetarla desapareció y me dejó sola. ¡No sé adónde ha ido, es tan extraño!
—Fue sólo un sueño. Me has hablado de ella y estás febril por permanecer en pie hasta tan tarde. Ponte a dormir de nuevo. Yo velaré por ti y te despertaré si te veo agitada.
—Estarás cansadÃsima. ¡Oh, Señor! —Ruth se habÃa dormido de nuevo mientras se lamentaba.
Llegó la mañana y aunque el descanso habÃa sido corto, las muchachas se levantaron reanimadas.
—Señorita Sutton, señorita Jennings, señorita Booth y señorita Hilton, procuren estar listas para acompañarme al salón de baile a las ocho en punto.
Una o dos jóvenes se quedaron asombradas, pero la mayor parte de ellas, habiendo anticipado la selección y conociendo por experiencia la regla no escrita por la que se regÃa, recibieron la noticia con una sombrÃa indiferencia que se habÃa convertido en su único reproche contra la mayorÃa de las situaciones —un amortiguado sentido fruto de su modo antinatural de existencia, con jornadas sedentarias y frecuentes vigilias nocturnas.