Ruth
Ruth —Señorita Hilton —dijo la señora Mason con severa dignidad—, no estoy acostumbrada —como las muchachas le pueden confirmar— a que mis decisiones sean puestas en entredicho. Aquello que digo, lo pienso; y tengo mis razones. Asà que, por favor, siéntese y cuÃdese de estar preparada para las ocho. No tengo nada más que decir —sentenció, creyendo que Ruth iba a hablar de nuevo.
—¡Jenny! DeberÃas ir tú, no yo —exclamó Ruth en voz alta a la señorita Woods en cuanto tomó asiento junto a ella.
—¡Calla, Ruth! Yo no podrÃa asistir ni aunque fuera autorizada, a causa de mi tos. Y si tuviera que ceder mi puesto, serÃa a ti y a nadie más. ImagÃnatelo asÃ, goza de la velada como si fuera un regalo mÃo y luego, esta noche cuando vuelvas, me describes todo con detalle.
—¡Está bien! Lo tomaré asà y no como si me lo hubiera merecido, cosa que no he hecho. Asà que, gracias. No puedes imaginarte cómo voy a disfrutar ahora. La noche pasada, tras tener conocimiento de esta oportunidad, trabajé laboriosamente durante cinco minutos: ¡Deseaba tanto acudir! ¡Oh, Dios mÃo! ¡Escucharé de veras una orquesta! ¡Y podré ver el interior de aquel maravilloso salón de baile!