Ruth
Ruth Ésta, estaba ubicada en lo alto de una estrecha calle, o mejor dicho, de un callejón, cerca de su casa. Se erigÃa en la periferia de la ciudad, casi entre los campos. HabÃa sido construida en tiempos de Mateo y Felipe Enrique[46], cuando los disidentes tenÃan miedo de atraer la atención hacia ellos o ser descubiertos, por lo que trataban de esconder sus lugares de culto en zonas de la ciudad desconocidas y de difÃcil acceso. En consecuencia, ocurrÃa frecuentemente, como en el caso que nos ocupa, que los edificios de las inmediaciones, asà como sus iglesias, creaban una sensación de retroceder en el tiempo, al menos ciento cincuenta años. La capilla tenÃa un aspecto pintoresco y antiguo, porque afortunadamente la congregación era demasiado pobre para reconstruirla o restaurarla en los tiempos de Jorge III[47]. Las escaleras que daban acceso a las galerÃas estaban en el exterior, ubicadas a ambos lados del edificio; el tejado imperfecto y la decrépita escalinata de piedra, presentaban un aspecto plomizo y ruinoso con el correr de los años y el mal tiempo caracterÃstico de la zona. Las pequeñas colinas herbáceas, sembradas de lápidas, estaban cubiertas por la sombra de un viejo olmo. En torno al patio de la iglesia, crecÃan fragantes arbustos de lila, un rododendro blanco y alguna que otra orquÃdea de flores amarillas, aunque su aspecto era más bien caduco y decadente. Las ventanas de la capilla, hechas de pesadas losas de vidrio plomado en forma de diamante —cubierto en casi su totalidad por las hojas de una hiedra—, proyectaban en el interior una luz de un verde oscuro que contribuÃa a la solemnidad del lugar. Dicha hiedra, era el refugio de infinidad de minúsculos pájaros trinadores; los intensos y prolongados esfuerzos con los cuales este sinfÃn de cantantes alados se recreaban y gozaban de ese espléndido regalo que es la vida, eran de tal magnitud que se podrÃa pensar que emulaban el fervor con el que los seres humanos alzan sus plegarias al Señor. En su interior, el edificio era de lo más modesto y simple que se pueda imaginar. Cuando fue amueblado, la madera de roble resultaba más económica de cuanto lo puede ser ahora, por ello todas las figuras habÃan sido talladas de un modo más bien tosco con dicho material, pues los constructores de aquella época no tenÃan mucho dinero que derrochar. Las paredes eran blanquecinas, beneficiándose de las sombras producidas por la belleza exterior; sobre sus blancos tabiques se podÃan apreciar los diseños trazados por la hiedra, ahora inmóvil, ahora sacudida por el improvisado vuelo de algún pájaro. La congregación contaba con algunos campesinos y sus braceros —que descendÃan de las mesetas que se encontraban detrás de la ciudad para rezar donde lo habÃan hecho sus padres y que amaban el lugar porque sabÃan cuánto éstos habÃan sufrido por ello, si bien no tenÃan interés alguno por conocer las razones por la cuales habÃan abandonado la iglesia parroquial—; con algún que otro comerciante más informado y consciente —que era disidente por una convicción libre de viejas asociaciones atávicas—; y con alguna familia perteneciente a un estatus social aún más elevado; con una gran multitud de pobres como base piramidal —atraÃdos a aquel lugar por el afecto que sentÃan hacia el señor Benson y por la sensación que tenÃan de que la fe, que hacÃa del señor Benson la honrada persona que era, no podÃa ser algo errado—. Y para finalizar, el señor Bradshaw en su vértice. Asà la congregación estaba al completo.