Ruth
Ruth Con sus debilitadas manos, abrió el pequeño puño carmesí de su hijo y tomando un dedo de la reticente señorita Benson, lo colocó en aquella diminuta palma de la mano. Aquel contacto con el niño suscitó un inesperado afecto. Las puertas de su corazón se abrieron inexorablemente para dar paso al bebé que tomó inmediata posesión del mismo.
—¡Ah, mi ángel! —exclamó Ruth, desplomándose rendida y exhausta—. Te protegeré incluso más de lo que mi madre ha hecho conmigo, si Dios me concede una larga vida y fuerzas para ello. He cometido un grave pecado contra Él, pero si me permite vivir, emplearé toda mi existencia en servir a mi pequeño ángel.
—¡Y en servir a Dios! —dijo la señorita Benson con lágrimas en los ojos—. No debe transformarlo en un ídolo, de lo contrario Dios puede castigarla a través de su bebé.
Al escuchar estas palabras, Ruth sintió una punzada de terror. ¿Quizá ya lo había hecho? ¿Acaso había preparado un castigo para ella, que podía repercutir en su hijo? Pero una voz interior le susurró que Dios es «Nuestro Padre», conoce muy bien la condición humana y el natural primer acceso de amor de una madre. Y así, atesorando aquella advertencia en su memoria, dejó de atormentarse por aquello que ahora ya había sucedido.