Ruth

Ruth

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—Es hora de dormir, Ruth —comentó la señorita Benson, besándola y cerrando las cortinas de la habitación para no dejar pasar la luz. Pero Ruth, no consiguió dormir. Si sus agotados ojos se cerraban, los abría súbitamente porque para ella, el sueño era un enemigo que le robaba la oportunidad de ejercer su papel de madre. En aquellas primeras horas de absoluta felicidad este único pensamiento alejó los recuerdos pasados y las preocupaciones futuras. Pero muy pronto éstos sobrevinieron. Entonces, sintió la natural añoranza de la única persona que podía despertar en ella un interés comparable, si bien, no con la intensidad de aquel de madre. Y la tristeza creció enormemente en la silenciosa vigilia nocturna, cuando recordó que no existía un padre que pudiera guiar y reconfortar a su pequeño, enseñándole a combatir en la «dura batalla de la vida». Ruth esperaba y confiaba en que nadie llegara a conocer el pecado cometido por sus padres y de ese modo ahorrarle la pena y la vergüenza. Pero nunca disfrutaría de los cuidados y la tutela de un padre. Y en aquellas horas de purificación espiritual, se martirizaba dudando si su verdadero padre era la única persona a la que podía confiar a su hijo, pensando siempre en el bienestar del niño, si algún día le sucedía algo a ella. Imperceptibles palabras que en su momento le pasaron inadvertidas, reveladoras de una naturaleza egoísta y material, resonaron en sus oídos, cargadas de un nuevo significado; y le hablaban de abyectos principios, de una intolerante indulgencia hacia sí mismo y de una absoluta incapacidad de reconocer actos espirituales o divinos. Incluso mientras estaba imbuida de ese nuevo espíritu materno, que tenía como máxima prioridad el bienestar del bebé, detestaba tener que analizar y juzgar al padre ausente de su hijo. Y así, la inapelable realidad que se había apoderado de ella, la consumió hasta hacerla caer en un delirante sueño que tenía por protagonista a aquel bebé inocente que dormía a su lado —sonrosado en su dulce reposo—, que repentinamente crecía hasta convertirse en un hombre adulto. En vez del ser puro y noble que ella había rogado poder presentar como su hijo al «Padre nuestro que estás en los cielos», se había convertido en realidad, en una réplica de su padre. Como él, también había inducido a pecar con engaños a una desdichada muchacha (que en su sueño tenía un extraño parecido con ella, afligida por una tristeza y desolación aún mayor que la suya), abandonándola después a un destino incluso peor que el suicidio. Porque Ruth estaba convencida de que había algo peor que el suicidio. En sus sueños, la muchacha vagaba perdida y su hijo frecuentaba las altas esferas, gozaba de buena salud, pero tenía el alma manchada con algo peor que sangre. Vio a la joven que se aferraba a su hijo mientras lo arrastraba a un abismo de horrores, al que no tenía valor de mirar, pero desde el cual se podía escuchar la voz del padre gritando que en vida se había olvidado de la palabra de Dios y que ahora «esta llama le torturaba»[55]. Acto seguido se sobresaltó presa del pánico; gracias a la tenue luz de una vela, vio a Sally adormecida en un sillón junto al fuego, y sintió a su pequeño suave y caliente acurrucado en su pecho, mecido al ritmo de su corazón que aún latía con fuerza a causa de la terrible pesadilla. No encontrando coraje para adormilarse de nuevo, comenzó a rezar. Y cada vez que lo hacía, imploraba con mayor sabiduría y con una fe más ardiente, olvidándose incluso de sí misma. ¡Mi pequeño! Tu ángel de la guarda está junto a Dios, y se acerca cada vez más a Aquél cuyo rostro está constantemente vigilado por los ojos de los ángeles de los niños.[56]


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