Ruth
Ruth Sally estaba demasiado ocupada divirtiendo al bebé con el cordón de la cortina como para mirar a Ruth, de otro modo habría notado una cierta dignidad del ánimo materno que se había desatado en ella en aquel momento. Cuando Ruth se colocó frente a la vieja criada, su dócil compostura y el modo en que dominaba su profundo dolor, le confirieron una inconsciente nobleza en su conducta, ante la cual Sally no tuvo más remedio que enmudecer.
—Devuélvamelo, por favor. No sabía que traía mala suerte, de lo contrario, aunque mi corazón estuviera destrozado, no me hubiera permitido derramar ni una sola lágrima sobre él… no se repetirá. Gracias, Sally —añadió cuando la criada, acatando su condición de madre, le devolvió al bebé.
Sally contemplaba como Ruth, sonriendo seria pero dulcemente, continuaba el juego con el cordón e imitaba, con la dulzura que inspira el amor, cada movimiento y sonido que había hecho sonreír a su pequeño.
—Eres una buena madre, después de todo —dijo Sally, con admiración por el dominio que Ruth tenía de sí misma—. Pero ¿por qué dices que tu corazón está destrozado? El pasado no se puede cambiar, pero ahora no tienes ninguna carencia, y tu hijo aún menos. El futuro está en las manos del Señor. Y tú te pasas los días suspirando y lamentándote de un modo que ya no puedo soportar.