Ruth

Ruth

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—¿Qué hay de malo en ello? —preguntó Ruth—. Hago todo lo que puedo.

—Sí, en cierto sentido, tienes razón —contestó Sally, confusa porque no encontraba el modo de expresar aquello que pretendía explicarle—. Lo haces, pero existen dos maneras de proceder, quiero decir, hay un modo justo y un modo equivocado de hacer las cosas, y bajo mi humilde punto de vista, lo correcto es hacerlo con entusiasmo, aunque se trate simplemente de hacer una cama. ¡Bien!, querida mía, una cama se puede hacer como un buen cristiano, te lo digo yo; ¿qué sería de la gente como yo, que no disponen del tiempo suficiente para arrodillarse y rezar? En mi juventud, cuando me sentía infeliz por el patrón Thurstan y por su deformidad en la espalda, a consecuencia de la caída que yo le había provocado, comencé a rezar, a suspirar y a renunciar a los placeres de la vida. Pensaba que era una depravación prestar atención a las cosas materiales; preparaba un pudin incomible, descuidaba las comidas y las habitaciones, creyendo que así cumplía con mi deber, aunque continuaba sintiéndome como una miserable pecadora. Pero una noche, la vieja patrona (la madre del patrón Thurstan), se sentó junto a mí, mientras me estaba reprochando a mí misma, sin pensar en aquello que decía. Y la patrona me dijo:


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