Ruth

Ruth

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—¡Oh, gracias! Pero no se preocupe por mi vestido —se apresuró a decir Jemimah, ansiosa por continuar la conversación. Pero justo en aquel momento, vio correr las lágrimas por la mejilla de Ruth, inclinada sobre su bebé, que gritaba de alegría chapoteando en la bañera. Dándose cuenta, de improviso, de que había tocado, sin querer, un tema doloroso, Jemimah cambió velozmente de discurso hacia otro argumento, apoyada con entusiasmo por la señorita Benson. La delicada cuestión pareció zanjarse allí mismo, sin dejar huella, pero años después volvió vívida y llena de significado a la memoria de Jemimah. Por el momento le bastaba que la señora Denbigh le consintiera ser de ayuda, de un modo u otro. Su belleza suscitaba en ella una intensa admiración y en casa no tenía muchas ocasiones de satisfacer este sentimiento; Ruth en cambio, era hermosa, en su quieto dolor. Su sencillo y modesto vestido la hacía incluso más admirable, porque el modo inconsciente en que lo llevaba, le confería un atractivo particular, asemejándose al drapeado de una antigua estatua griega que, envolviendo su figura, aparecía como impregnada de una gracia indescriptible. Además, las circunstancias novelescas que rodeaban su vida, atraparon la imaginación de una joven y romántica muchacha. Teniendo todo ello en cuenta, Jemimah hubiera podido besar la mano de Ruth y declararse su fiel servidora; así, recogió todos los objetos que habían sido usados en aquel pequeño coucher[64], y dobló la ropita de diario de Leonard; se sintió particularmente honrada cuando Ruth le confió al bebé por unos instantes y enormemente recompensada cuando le mostró su agradecimiento con una sonrisa seria y dulce y una mirada de reconocimiento ante sus tiernos cuidados.


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