Ruth

Ruth

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Pero vayamos con la casa. No era una de aquellas casas en las que se renueva el mobiliario cada dos o tres años, y desde que Ruth había llegado no habían sustituido ni siquiera aquello que estaba viejo o estropeado. Los muebles eran modestos y las alfombras estaban raídas, pero se respiraba una refinada atmósfera de pulcritud, así como un esmero exquisito en las reparaciones y en su conjunto, las habitaciones tenían un aspecto tan luminoso y alegre —la luz del sol irrumpía en toda la casa impidiendo ocultar la pobreza con vanos adornos— que ni el más esplendoroso de los salones podía deleitar como lo hacía aquel humilde saloncito, a quien era capaz de reconocer en la decoración de una casa la personalidad de su dueño. Pero por más pobreza que pudiera haber en aquella casa, la zona del pequeño jardín cuadriforme que daba a la sala de estar y a la cocina, poseía una extrema riqueza. El labiérnago, que apenas era un vástago plantado en la tierra cuando Ruth llegó por vez primera a la casa, ahora en primavera, aparecía en todo su dorado esplendor, mientras que en verano ofrecía una agradable sombra. El lúpulo silvestre, que la señorita Benson había llevado a casa al regreso de uno de sus paseos al campo —y que había plantado junto a la ventana del saloncito cuando Leonard era todavía un recién nacido que dormía en los brazos maternos—, ahora era una guirnalda que rodeaba la ventana; sus zarcillos pendían ondulantes al viento, proyectando, «tanto a la mañana como al caer la noche», sombras y siluetas agradables sobre las paredes de la sala de estar similares a los antiguos grabados de Bacanales. La rosa amarilla había trepado hasta la ventana del dormitorio del señor Benson y sus ramas cargadas de capullos estaban apoyadas sobre un peral rico de frutos otoñales.


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