Ruth

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Y así comenzó a retar al señor Farquhar, haciendo o diciendo aquello que sabía que merecía su más absoluta desaprobación. Él, llegó a sentirse tan angustiado que incluso dejó de protestar o de «darle la charla». Hecho que contrarió e irritó a Jemimah, porque en cierto modo, y no obstante la indignación que sentía cuando se inmiscuía, le gustaba que la sermoneara. No era consciente de ello, pero prefería ser censurada que ignorada con semejante indiferencia. Las dos hermanas, con sus grandes ojos abiertos como platos, hacía ya tiempo que analizaban esta extraña relación y conjeturaban sobre ella. Cada día, durante su paseo por el jardín, cuchicheaban sobre algún nuevo misterio que contarse.

—Lizzie, ¿te has fijado cómo Mimie tenía los ojos llenos de lágrimas cuando ha visto que el señor Farquhar se disgustaba al decirle que las buenas personas son siempre muy aburridas? Creo que está enamorada.

Mary pronunció estas últimas palabras con un solemne énfasis, sintiéndose como un oráculo de tan sólo doce años de edad.

—No, no la he visto —respondió Lizzie—. Pero yo lloro cuando papá se enfada conmigo y no estoy enamorada.

—¡Sí! Pero en esos momentos no tienes el aspecto que tenía hoy Mimie.

—No la llames Mimie, sabes que a papá no le gusta.


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