Ruth
Ruth Aquella tarde la señora Mason tuvo que viajar a la campiña, a unas millas de distancia. Dejó una cantidad infinita de disposiciones, órdenes, instrucciones y prohibiciones y finalmente se marchó. Aliviada por su ausencia Ruth cruzó los brazos sobre la mesa y agachando la cabeza comenzó a llorar a raudales con sollozos débiles e incontrolados.
—No llore señorita Hilton.
—Ruthie, no te preocupes por el «viejo dragón».
—¿Cómo vas a resistir otros cinco años, si no aprendes a ser indiferente a sus regañinas?
De este modo las jóvenes aprendices mostraban su compasión y le daban consuelo. Jenny, con mayor conocimiento del dolor y de sus remedios, dijo:
—Fanny Barton ¿por qué no dejas que Ruth vaya a hacer los recados en tu lugar? El aire fresco le sentará bien y recuerda que a ti te desagradan los vientos fríos del este, mientras Ruth disfruta con la escarcha, la nieve y cualquier tipo de clima frío.