Ruth
Ruth Fanny Barton era una amable muchacha de aspecto somnoliento, que en aquel preciso momento se estaba calentando junto al fuego. Nadie más que ella querÃa ahorrarse una caminata en aquel atardecer desapacible, en el cual el viento del este soplaba con tanta fuerza que barrÃa la nieve de la calle. Quienes no estaban absolutamente obligados a dejar sus cálidos hogares, no sentÃan ninguna tentación de salir. Ciertamente, el anochecer era un momento que invitaba a tomar el té a los humildes habitantes de aquella parte de la ciudad que Ruth debÃa cruzar para hacer la compra. Apenas alcanzó la colina que hay sobre el rÃo, donde las calles descienden rápidamente hacia el puente, Ruth divisó la llana campiña cubierta de nieve que hacÃa parecer aún más oscura la cúpula negra del cielo oculto por las nubes, como si la noche invernal no se hubiera ido del todo o hubiera quedado suspendida en los lÃmites de la tierra durante aquella jornada desolada y frÃa. Más abajo, cerca del puente —donde habÃa una playa ligeramente en pendiente, utilizada como punto de arribo de las barcas capaces de navegar sobre las aguas poco profundas del rÃo—, algunos niños jugaban desafiando al frÃo. Uno de ellos tenÃa un gran barreño para la colada y con la ayuda de un remo roto no dejaba de moverse y empujarse de aquà para allá en el riachuelo, levantando una gran admiración entre sus compañeros que no dejaban de mirar atentos a su héroe, aunque sus caras estaban amoratadas de frÃo y las manos completamente enfundadas en los bolsillos, albergando la débil esperanza de encontrar un poco de calor en ellos. Quizá temÃan que si abandonaban su incómoda postura y comenzaban a moverse, el viento, cruelmente, se abrirÃa camino a través de la más mÃnima fisura de sus raÃdos atuendos. Estaban apiñados los unos a los otros, inmóviles y con los ojos fijos en el «novato marinero». Finalmente, uno de ellos, envidioso de la reputación que su compañero de juegos estaba conquistando con su proeza, gritó: