Ruth
Ruth —¡Te propongo un reto, Tom! No tienes arrojo para superar aquella lÃnea negra que hay en el agua y llegar al rÃo de verdad.
Por supuesto Tom no podÃa rehusar el reto y se aventuró hacia la lÃnea negra, más allá de la cual el rÃo fluÃa regular y constante. Ruth —casi una niña, también ella— permaneció en lo alto de la pendiente observando al pequeño aventurero, inconsciente como el grupo de niños situados más abajo, del peligro que corrÃa. Con el éxito del compañero de juegos, los niños reemplazaron la calmada seriedad de la observación por enérgicos aplausos: batieron las manos, golpearon con vehemencia sus pequeños pies contra el suelo y gritaron:
—Bien hecho, Tom. Has estado grandioso.
Tom quedó por un momento erguido en pie, de frente a sus admiradores, con un comportamiento infantil. Luego, en un instante, la tina que hacÃa de barca giró de improviso, Tom perdió el equilibrio y cayó. Tanto él como la barca fueron arrastrados, lenta e inexorablemente, por la fuerza del rÃo en tromba que se prolongaba hasta el mar.
Los niños chillaron aterrorizados y Ruth se precipitó hacia la pequeña ensenada, hasta sus aguas bajas, antes de darse cuenta de lo inútil de su gesto y de que habrÃa sido más sensato buscar una ayuda más eficaz.